Pues ellos mismos cuentan acerca de nosotros, de la acogida que tuvimos por parte de ustedes, y de cómo se convirtieron de los ídolos a Dios para servir al Dios vivo y verdadero. 1 Tesalonicenses 1:9
Este estudio es parte del Programa de Discipulado de Comunidad Cristiana Laguna Larga.
En el uso común, "convertirse" es cambiar de ideas o de religión: el que deja de ser católico y se hace musulmán, decimos, "se convirtió al islam". Pero acá hablamos del sentido bíblico, la conversión a Dios.
En la Biblia, convertirse significa volverse, dar la vuelta, cambiar de dirección (gr. epistrophē). Es dejar de caminar en un sentido, el del pecado, el de los ídolos, el de nuestra propia voluntad, para caminar hacia Dios. Fijate que en un solo giro hay dos movimientos: los tesalonicenses "se convirtieron de los ídolos a Dios" (1 Tesalonicenses 1:9). Te volvés de algo y te volvés hacia Alguien.
Esto tiene todo que ver con el plan de Dios. Él nos creó para vivir en comunión con Él. Nosotros elegimos seguir nuestro propio camino, en rebeldía, alejándonos de Él. Pero Dios, por Su amor, no nos deja ahí: nos llama a volver. Por eso Pedro predica: "arrepiéntanse y conviértanse, para que sus pecados sean borrados" (Hechos 3:19).
Y acá está el lazo con la salvación: la conversión es la manera en que recibimos la salvación que Cristo ganó en la cruz. No es un simple ajuste de opiniones religiosas que te deja igual por dentro; es un giro de toda la persona. Por eso Jesús fue tan claro: sin convertirse, nadie entra en el reino de los cielos (Mateo 18:3; ver también Juan 3:3).
¿Qué incluye una conversión verdadera? La Biblia responde con dos palabras que van siempre juntas: arrepentimiento y fe. Cuando Jesús empezó a predicar, resumió así el llamado del evangelio:
Después que Juan había sido encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio de Dios. "El tiempo se ha cumplido", decía, "y el reino de Dios se ha acercado; arrepiéntanse y crean en el evangelio". Marcos 1:14-15
Y cuando Pablo repasó lo esencial de su mensaje, dijo que testificaba
del arrepentimiento para con Dios y de la fe en nuestro Señor Jesucristo. Hechos 20:21
Arrepentirse es volverse del pecado. Incluye reconocer que pecamos contra Dios, dolernos de veras por haberlo ofendido, y decidir abandonar nuestro propio camino. En el fondo es un cambio de adoración: dejamos de servir a los ídolos, y nuestro ídolo preferido suele ser uno mismo, para servir al Dios vivo. Un ídolo es cualquier cosa sin la cual creés que no podés ser feliz: el dinero, la aprobación de los demás, el placer, el control, tu propia imagen. Arrepentirse es bajar esos ídolos del trono y poner a Dios en Su lugar.
Creer, la fe, es confiar en Cristo. No es apenas estar de acuerdo con unas ideas: Santiago recuerda que hasta los demonios creen que Dios existe, y tiemblan (Santiago 2:19). Tampoco es repetir una fórmula ni una oración aprendida de memoria. La fe es descansar en Jesús: en Su muerte en la cruz por tus pecados y en Su resurrección, confiando en que Él cumple lo que promete en el evangelio. Es venir a Cristo con las manos vacías y aferrarte solo a Él.
Arrepentimiento y fe son como las dos caras de una misma moneda: no hay conversión verdadera sin las dos. Y las dos apuntan a lo mismo: recibir el perdón de los pecados y la vida eterna. Todo esto, además, es puro regalo:
Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Efesios 2:8-9
Como la conversión es una obra tan profunda, conviene distinguirla de cosas que se le parecen pero no lo son:
NO es simplemente profesar la fe. Puedo decir que me convertí y, sin embargo, seguir caminando en mi propio sentido, lejos de Dios. Así como no soy médico por decir que lo soy, sino por tener el título y ejercer, tampoco soy un convertido por afirmarlo, sino porque Dios obró en mí, y eso se hace visible en una vida nueva.
NO es haber hecho una "oración para recibir al Señor". Bajo la presión o el entusiasmo de un momento, cualquiera puede repetir las palabras que le piden. Pero si no hay arrepentimiento y fe, no hay conversión: las palabras no tienen poder mágico.
NO es acostumbrarse al ambiente evangélico. Se puede asistir a la iglesia, ofrendar, aprender la "jerga" y parecer creyente de la boca para afuera, y que todo eso sea apenas una costumbre, mientras el corazón sigue igual.
En una palabra: la conversión no es un cambio de fachada. Es Dios trayéndote de muerte a vida.
Acá está lo más importante y, a la vez, lo más liberador: la conversión es obra de Dios. Por naturaleza, después de la Caída, estamos "muertos en... delitos y pecados" (Efesios 2:1), esclavos del pecado e incapaces de volvernos a Dios por nuestras propias fuerzas. Nadie se da vida a sí mismo.
La Confesión de Fe de Londres (1689), en su Capítulo 9, lo resume así:
El hombre, por su Caída en un estado de pecado, ha perdido completamente toda capacidad para querer cualquier bien espiritual que acompañe a la salvación [...]; no puede por sus propias fuerzas convertirse a sí mismo. [...] Cuando Dios convierte a un pecador y lo traslada al estado de gracia, lo libra de su esclavitud natural bajo el pecado y, por su sola gracia, lo capacita para querer y obrar libremente lo que es espiritualmente bueno.
Es Dios quien abre el corazón para creer, como hizo con Lidia (Hechos 16:14), quien nos da vida junto con Cristo (Efesios 2:5) y quien concede el nuevo nacimiento. Incluso el arrepentimiento y la fe con que respondemos son don Suyo. Por eso toda la gloria de nuestra salvación es de Él, de principio a fin, y no de quien creyó.
Si solamente Dios produce la conversión, ¿qué parte tenemos nosotros?
Una conversión verdadera se nota. No lo decimos para que vivas dudando y mirándote el ombligo, sino porque Dios promete dar fruto en aquellos a quienes transforma. Cuando alguien está en Cristo, empieza una vida nueva:
De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, ahora han sido hechas nuevas. 2 Corintios 5:17
Algunas señales de esa vida nueva:
Pero aquel en quien se sembró la semilla en tierra buena, este es el que oye la palabra y la entiende; este sí da fruto y produce, uno a ciento, otro a sesenta y otro a treinta por uno. Mateo 13:23
Ninguna de estas cosas es la que te salva; son el fruto de que Dios ya te dio vida. Y tu seguridad no descansa, al final, en tu propio fruto, sino en Cristo, que es mayor Salvador de lo que vos sos pecador. A Él sea la gloria.