Y la esperanza no desilusiona, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado. Romanos 5:5
Este estudio es parte del Programa de Discipulado de Comunidad Cristiana Laguna Larga.
La Biblia no expresa de una manera dogmática la verdad acerca del Espíritu Santo. Sin embargo, las muchas referencias a Él y a Su obra pueden resumirse como sigue: El Espíritu Santo es la tercera «Persona» de la Deidad, quien procede desde la eternidad del Padre (Juan 15:26) y del Hijo exaltado (Juan 16:7; Hechos 2:33; Gálatas 4:6), siendo igual a ellos en esencia. No es una mera «influencia» que emana de Dios, sino el agente inmediato en toda la obra divina, tanto en la creación material como en el espíritu del hombre, manifestando todos los atributos de una «personalidad». Su Nombre se halla unido con el Padre y el Hijo en la fórmula bautismal (Mateo 28:19) y en la bendición de 2 Corintios 13:14.
Mucha de la doctrina referente al Espíritu Santo se puede deducir de los nombres que le designan las Escrituras. Podemos notar los siguientes:
El Espíritu Santo aparece como agente divino en la creación: «... y el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas» (Génesis 1:2); es decir, que Él daba energía, vida y calor a todo lo creado. También es el agente divino en la renovación de la naturaleza (Salmo 104:30), en la vida humana (Job 33:4), en la transformación moral del hombre (Zacarías 12:10), en la resurrección histórica del pueblo de Israel (Ezequiel 37:9) y en su avance espiritual (Joel 2:28 y 29).
El pasaje que lo representa más aproximadamente como una persona es Isaías 63:10: «Pero ellos se rebelaron y entristecieron Su Santo Espíritu». Los hombres que se formaron bajo la antigua alianza experimentaron en ocasiones una fuerza física y un valor superiores a los que podían esperar de sí mismos (Sansón, Jueces 14:6); o una capacidad mental y habilidad artística acrecentadas extraordinariamente (Bezaleel, Éxodo 31:1-3). La explicación de todo ello es que el Espíritu del Señor «cayó» sobre ellos, «se invistió en ellos», los «llenó»; en fin, obró poderosamente a su favor.
Aún más característica es una visión extraordinaria que interpreta la realidad pasada y predice los sucesos futuros, o sea, la inspiración profética (1 Pedro 1:10-12). El falso profeta Sedequías dijo a Micaías:
—¿Cómo es que el Espíritu del Señor pasó de mí para hablarte a ti? 1 Reyes 22:24
El punto de enlace con el Nuevo Testamento es el futuro Mesías altamente dotado con el Espíritu de Dios (Isaías 11:2; 42:1; 61:1).
A. El Espíritu Santo es una persona, no una mera influencia, emanación o manifestación. En las palabras del Señor Jesús a los apóstoles en el aposento alto se atribuyen al Espíritu Santo acciones propias de una persona:
—Y Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Consolador... Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en Mi nombre, Él les enseñará todas las cosas, y les recordará todo lo que les he dicho. Juan 14:16 y 26
—Cuando venga el Consolador... Él dará testimonio de Mí. Juan 15:26
—Pero Yo les digo la verdad: les conviene que Yo me vaya; porque si no me voy, el Consolador no vendrá a ustedes; pero si me voy, se Lo enviaré... Pero cuando Él, el Espíritu de verdad, venga, los guiará a toda la verdad, porque no hablará por Su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga, y les hará saber lo que habrá de venir. Juan 16:7-15
Además, podemos notar que el Señor habla del pecado contra el Espíritu Santo (Mateo 12:31). Como una persona divina que es, se le puede «entristecer» (Efesios 4:30), «resistir» y «ultrajar» (Hechos 7:51; Hebreos 10:29). El Espíritu Santo habla a los siervos de Dios dándoles indicaciones (Hechos 8:29; 10:19 y 20); especifica el servicio de los santos (Hechos 13:2-4); prohíbe (Hechos 16:6 y 7); intercede (Romanos 8:26 y 27) y ama (Romanos 15:30).
B. El Espíritu Santo es Dios. Esta verdad queda probada por los muchos pasajes de las Escrituras en los que se identifica al Espíritu Santo con la divinidad. Por ejemplo: El profeta Isaías (6:8 y 9) dice que oyó la voz del Señor, y el escritor inspirado Lucas, haciendo historia de Pablo en un momento cuando este se refirió a aquel pasaje de Isaías, escribe: «Bien habló el Espíritu Santo por medio del profeta Isaías...» (Hechos 28:25 y 26). Así, pues, el Ser que habló era Dios el Espíritu Santo (compárese con Jeremías 31:31-34 y Hebreos 10:15).
Otro caso muy notable es el pecado cometido por el matrimonio de Ananías y Safira, que motivó las siguientes palabras del apóstol Pedro:
—Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para mentir al Espíritu Santo...? No has mentido a los hombres, sino a Dios. Hechos 5:3, 4 y 9
La afirmación es clara: mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios. Las Escrituras atribuyen constantemente al Espíritu Santo los atributos de Dios, como omnipotencia, omnisciencia, omnipresencia y también su perfección suma: la santidad (Lucas 4:14; Efesios 3:16; Salmo 139:7-12; Job 26:13; Job 33:4; 1 Corintios 2:9-12; 1 Corintios 6:11; 1 Corintios 12:8-11; Hebreos 9:14; Romanos 1:4; Romanos 8:11; 2 Pedro 1:21; Hechos 1:16; Hechos 20:28; Lucas 12:12; Apocalipsis 2 y 3).
A. El Espíritu Santo y la santificación. El Espíritu Santo habita en los creyentes a partir del momento de su conversión (Hechos 2:38; Romanos 8:11; 1 Corintios 6:19 y 20; Gálatas 4:6; 2 Timoteo 1:14); y «si alguien no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de Él» (Romanos 8:9). Pero si bien es verdad que en cada creyente regenerado mora el Espíritu Santo y que ya está bautizado en Cristo por el Espíritu Santo, también es cierto que las Escrituras distinguen entre poseer el Espíritu y estar llenos del Espíritu. Esto puede verse en la Epístola a los Efesios, por ejemplo, en cuyo versículo 4:30 Pablo recuerda al creyente que está sellado con el Espíritu, mientras que en Efesios 5:18 le exhorta a que sea lleno del Espíritu:
... sino sean llenos del Espíritu. Efesios 5:18
La Escritura presenta a Cristo como quien murió al pecado una sola vez, pero que vive para Dios eternamente. El creyente se apropia por la fe de la gran verdad de su identificación con Cristo en Su muerte y en Su resurrección; el Espíritu Santo le administra las cosas del Señor Jesús y le impele por el camino de la santificación (Romanos 1:4; Romanos Capítulo 8; 1 Corintios 6:11; 2 Corintios 3:18; 1 Pedro 1:2).
B. El Espíritu Santo y la oración. El creyente muchas veces no sabe lo que ha de pedir al Padre ni cómo pedirlo, pero el Espíritu Santo cumple su cometido intercediendo a favor del cristiano (Romanos 8:26 y 27). Jesús es nuestro intercesor a la diestra del Padre, y el Espíritu lo es desde nuestro corazón; por eso se nos manda orar «en el Espíritu» (Efesios 2:18; Efesios 6:18; Judas 20).
Hay una variedad de símbolos del Espíritu Santo en la Biblia. En el bautismo del Señor fue visto por Él y por Juan el Bautista «que descendía como paloma» (Mateo 3:16). En el día de Pentecostés vino «como de fuego» sobre los discípulos (Hechos 2:3). El Señor le compara al viento en Su conversación con Nicodemo: «El viento sopla de donde quiere» (Juan 3:8), y como agua en Juan 7:37-39. Otras figuras en el Nuevo Testamento son el sello y las arras de la herencia (Efesios 1:13 y 14; Efesios 4:30): la marca indubitable del verdadero creyente y la prenda anticipada de su redención completa en el día de la consumación.
Aparte de los símbolos que se relacionan expresamente al Espíritu Santo en las Escrituras, creemos que, por analogías y consideraciones que no podemos justificar dentro de los breves límites de este estudio, hemos de aceptar los siguientes como figuras de su persona y operaciones: el rocío (Oseas 14:5); las lluvias de Joel 2:23 y 28; los ríos de Isaías 44:3; el aceite de Levítico 8:30; Zacarías 4:1-14 (compárese con 2 Corintios 1:21; 1 Juan 2:20 y 27).
El cuerpo de resurrección del creyente es soma pneumatikon, que equivale a «cuerpo espiritual», lo cual parece una contradicción, pero demuestra que toda limitación de la carne se habrá superado, siendo el cuerpo el perfecto y apropiado vehículo del espíritu redimido (1 Corintios 15:42-51). Para la vivificación del cuerpo mortal, intervendrá la operación del Espíritu Santo (Romanos 8:11).
En la íntima armonía de la Trinidad y hasta el punto en que misterios tan inefables han sido revelados, el Padre, como fuente de amor, ejerce Su voluntad en el plan de salvación; el Hijo, impulsado por la gracia divina, lleva a cabo la obra de la redención por medio de Su gran misión a la tierra, y el Espíritu Santo aplica todo el valor de la obra de la Cruz en potencia y eficacia a los corazones de los creyentes, todos los cuales pueden participar siempre de la bendita «comunión del Espíritu Santo» (2 Corintios 13:14).
El Espíritu Santo es la persona divina que convence al mundo de pecado, de justicia y de juicio. Ningún ser humano puede alcanzar la salvación por sus propias fuerzas o intelecto; se requiere la poderosa obra regeneradora y dadora de vida del Espíritu Santo para abrir nuestros ojos espirituales, despertarnos de nuestra muerte espiritual y unirnos a Cristo Jesús de forma vital. Conocer la doctrina del Espíritu no debe ser un mero ejercicio conceptual o intelectual en nuestras mentes. Te invitamos a responder hoy con fe y profundo arrepentimiento al llamado del evangelio, acudiendo a Cristo en busca de perdón y pidiendo que el Espíritu Santo derrame el infinito amor de Dios en tu corazón.
Te invitamos a ver la película: El cielo, cómo llegué aquí
Hacer el estudio en formato de curso de Coalición por el Evangelio: Cómo andar por el Espíritu, impartido por el pastor Salvador Salcedo.
Profundizar en la teología y práctica del Espíritu Santo mediante el curso de Coalición por el Evangelio: El Espíritu Santo: Su poder y obra.
Leer el artículo doctrinal: ¿Qué creemos sobre el Espíritu Santo?, basado en el Catecismo de la Nueva Ciudad.