Se mantenían firmes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en el partimiento del pan y en la oración. Hechos 2:42 NVI
Este estudio es parte del Programa de Discipulado de Comunidad Cristiana Laguna Larga.
El Señor anticipó la realidad de la iglesia local al hablar de creyentes congregados en su nombre y de su presencia en medio de ellos (Mateo 18:17-20). Sin embargo, su historia comienza visiblemente el día de Pentecostés. Después de la predicación de Pedro, unas tres mil personas recibieron la Palabra, fueron bautizadas y se añadieron al grupo de discípulos. Aquellos creyentes perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, la comunión, el partimiento del pan y las oraciones (Hechos 2:41-47). Así se formó en Jerusalén la primera iglesia local.
La persecución que siguió al martirio de Esteban dispersó a muchos creyentes, pero no detuvo el evangelio. Los que fueron esparcidos anunciaban la Palabra en los lugares a los que llegaban, y así surgieron nuevas congregaciones en Palestina (Hechos 8:4; 9:31-32). Más tarde, una vez abierta la puerta de la fe a los gentiles y llamado Pablo al apostolado, el evangelio avanzó por Siria, Asia Menor y Grecia. Las expediciones misioneras relatadas en Hechos 13-20 dieron lugar a iglesias locales en numerosas ciudades.
Los obreros no permanecían indefinidamente al frente de cada nueva congregación. Confiaban en que el Espíritu Santo levantaría los dones necesarios para la edificación de los creyentes y la extensión del evangelio. Los apóstoles o sus colaboradores regresaban para fortalecer a las iglesias y reconocer en ellas ancianos capaces de cuidar al rebaño (Hechos 14:21-23; 20:17-35). Muchas de las cartas del Nuevo Testamento fueron dirigidas a estas congregaciones y continúan instruyendo a la iglesia de todos los tiempos.
La Iglesia universal solo puede ser contemplada en toda su extensión por Dios, pero una iglesia local llega a ser su expresión visible en un lugar concreto. Quienes han nacido de nuevo han sido incorporados por el Espíritu al cuerpo de Cristo y, por esa realidad, buscan la comunión con otros creyentes. No es el edificio lo que constituye a la iglesia: las primeras congregaciones podían reunirse en casas u otros lugares adecuados (Romanos 16:5; 1 Corintios 16:19; Colosenses 4:15; Filemón 2).
Ahora bien, ustedes son el cuerpo de Cristo, y cada uno es miembro de ese cuerpo. 1 Corintios 12:27 NVI
La Primera Carta a los Corintios ofrece una enseñanza especialmente amplia sobre la vida de la iglesia local. Sus problemas y desórdenes dieron ocasión a instrucciones que siguen siendo una guía valiosa. Allí la congregación aparece bajo tres figuras principales: edificio, santuario y cuerpo (1 Corintios 3:9-17; 12:12-31). Cada figura subraya la responsabilidad de sus miembros.
Pero todo debe hacerse de una manera apropiada y con orden. 1 Corintios 14:40 NVI
El orden es necesario en la iglesia local, aunque el Nuevo Testamento pone el énfasis principal en la obra viva del Espíritu Santo por medio de los creyentes. La labor espiritual tiene más importancia que el cargo: una posición carece de valor si no está acompañada por el carácter y el servicio que le corresponden.
Las iglesias de la época apostólica estaban unidas por fuertes lazos de comunión, amor y colaboración, pero no se presenta a una congregación local sometida al dominio de otra por su tamaño, prestigio o ubicación. Los asuntos de interés común podían examinarse juntos para buscar luz y dirección, como ocurrió con la cuestión de los creyentes gentiles en Hechos 15, sin establecer una jerarquía de iglesias.
El cuidado estable de la congregación está confiado a hombres espiritualmente maduros, de buen criterio y conocedores de la Palabra, cuyo don pastoral es reconocido por la iglesia (1 Tesalonicenses 5:12-13; Hebreos 13:17). Las cualidades requeridas para ellos se describen en 1 Timoteo 3:1-7 y Tito 1:5-9.
En el Nuevo Testamento, los términos anciano, obispo —o supervisor— y pastor describen distintos aspectos del mismo ministerio. «Anciano» destaca la madurez espiritual; «obispo», la vigilancia; y «pastor», el cuidado del rebaño. Hechos 20:17, 28; Tito 1:5, 7 y 1 Pedro 5:1-4 muestran esta relación. Las iglesias eran cuidadas por una pluralidad de estos hombres.
La palabra «diácono» significa servidor o ministro. Las condiciones para este servicio aparecen en 1 Timoteo 3:8-13, y Filipenses 1:1 distingue a los diáconos de los obispos. Estos creyentes eran reconocidos para servir a la congregación con autoridad y eficacia en las necesidades que les fueran encomendadas. El principio es amplio: todo ministerio en la iglesia debe realizarse con fidelidad, madurez y disposición de servicio.
La iglesia primitiva acostumbraba reunirse el primer día de la semana para partir el pan (Hechos 20:7), el día de la resurrección del Señor. Al congregarse, los creyentes recordaban a Cristo, oraban y recibían el ministerio de la Palabra para la edificación de todos. Primera Corintios 12-14 muestra una gran diversidad de dones y operaciones, ejercidos con libertad bajo el orden de Dios. Cada creyente debe avivar el don que ha recibido, pero esto no significa que todos tengan el don de enseñar públicamente.
La evangelización se realizaba dentro y fuera de los lugares de reunión: en sinagogas, calles, plazas y hogares. Sus métodos pueden adaptarse a cada época, siempre que permanezcan sujetos a la Palabra. La iglesia no existe solo para reunirse, sino también para anunciar el evangelio y hacer discípulos.
Todo ministerio, público o privado, se fundamenta en los dones que el Señor concedió a su Iglesia (Romanos 12:3-8; Efesios 4:7-13; 1 Pedro 4:10-11). En la época apostólica, los dones de señales confirmaron la obra de Dios mientras todavía no se había completado el Nuevo Testamento. El propósito permanente del ministerio es la edificación de los creyentes mediante la enseñanza, la exhortación y la exposición fiel de la Palabra revelada.
El bautismo formaba parte del anuncio apostólico del evangelio. Quienes confesaban a Jesús como Señor eran bautizados como expresión pública de su fe (Mateo 28:19; Hechos 2:37-41; 8:36-38; 10:44-48). No se presenta como un premio por alcanzar cierta madurez, sino como obediencia del creyente al mandato de Cristo.
Romanos 6:1-10 expone su significado espiritual: el creyente ha sido unido a Cristo en su muerte y resurrección, ha dejado atrás su antigua vida y ahora anda en vida nueva. El bautismo por inmersión representa visiblemente el descenso a la sepultura y el comienzo de esa nueva vida con Cristo.
«El partimiento del pan», «la mesa del Señor» y «la Cena del Señor» señalan distintos aspectos de la misma ordenanza instituida por Jesús antes de su muerte. Es un acto central de la adoración de la iglesia: recuerda a la persona de Cristo, proclama su sacrificio, expresa la comunión de los creyentes en él y anuncia su regreso (1 Corintios 10:16-17; 11:23-32).
Porque cada vez que comen este pan y beben de esta copa, proclaman la muerte del Señor hasta que él venga. 1 Corintios 11:26 NVI
En los primeros tiempos también se compartían comidas fraternales, conocidas como ágapes. Debido a los abusos que podían introducirse, Pablo diferenció estas comidas de la Cena del Señor, que debía conservar su sentido santo y su centralidad (1 Corintios 11:17-22).
La iglesia pertenece a Dios y está llamada a la santidad. La predicación de la Palabra, la oración, la Cena del Señor y la comunión son medios por los cuales el creyente es animado a ordenar su vida en el amor y el temor de Dios. Si un hermano cae o está en peligro de hacerlo, los creyentes espirituales deben procurar restaurarlo con mansedumbre y humildad, recordando que todos pueden ser tentados (Gálatas 6:1).
Cuando una persona persiste sin arrepentirse en un pecado manifiesto o promueve una enseñanza contraria al evangelio, la iglesia debe ejercer disciplina conforme a la Palabra (Mateo 18:15-20; 1 Corintios 5:1-13; 2 Tesalonicenses 3:6; Tito 3:10-11). Esta responsabilidad se lleva adelante bajo el cuidado de los ancianos y puede llegar a la separación de la comunión visible. Su propósito nunca es la venganza: la meta de toda disciplina cristiana es la pureza de la iglesia y la restauración del pecador.
La membresía cristiana no se parece a la adhesión a una asociación formada solo por intereses comunes. Los verdaderos miembros del cuerpo de Cristo se reúnen en un lugar determinado para expresar visiblemente su comunión con él y unos con otros. Pertenecer a una iglesia local implica asumir seriamente la responsabilidad de amar, servir, cuidar y dejarse cuidar.
En la congregación recibimos enseñanza, comunión y pastoreo, pero la pregunta no debe limitarse a qué obtenemos de ella. Cada creyente ha recibido dones para contribuir al bien de todos. Por eso conviene preguntarnos: ¿Cómo estoy sirviendo al cuerpo? ¿Estoy edificando sobre el fundamento que es Cristo con una obra que procede del Espíritu? ¿Cómo expreso mi gratitud al Señor mediante el cuidado de su pueblo?
La iglesia local no salva; Jesucristo salva. Él murió por nuestros pecados, resucitó y reúne para sí un
pueblo redimido. Hoy te invitamos a responder al evangelio: reconoce tu pecado, arrepiéntete y confía en
Jesús como Señor y Salvador. Quien recibe por fe la vida nueva en Cristo es llamado también a vivirla en
comunión, servicio y amor junto a otros creyentes en una iglesia local.
Si querés más información sobre el mensaje del evangelio, podés dirigirte a esta página:
El Evangelio.
Ver la conferencia de Miguel Núñez «La iglesia local y la predicación expositiva»:
Leer el artículo de Jason Wright que se encuentra en el sitio web Coalición por el Evangelio: ¿Qué enseña la Biblia sobre la iglesia?.
Profundizar en la relación entre la Iglesia universal y su expresión visible leyendo el ensayo de Jonathan Leeman que se encuentra en el sitio web Coalición por el Evangelio: La iglesia: Universal y local.
Estudiar las responsabilidades, los privilegios y la disciplina de los miembros en el ensayo de Gregg Allison que se encuentra en el sitio web Coalición por el Evangelio: La membresía de la iglesia.