Dios sometió todas las cosas al dominio de Cristo y lo dio como cabeza de todo a la iglesia. Esta, que es su cuerpo, es la plenitud de aquel que lo llena todo por completo. Efesios 1:22-23 NVI
Este estudio es parte del Programa de Discipulado de Comunidad Cristiana Laguna Larga.
La palabra griega ekklesia quiere decir «llamado fuera», y los griegos la aplicaban a cualquier asamblea convocada para deliberar, como la de Éfeso en Hechos 19:39. En la versión griega del Antiguo Testamento también designaba a la congregación de Israel, un pueblo llamado fuera de Egipto para servir a Dios (Hechos 7:38).
Después del anuncio del Señor —«edificaré mi iglesia»—, el término adquirió un sentido especial: el nuevo pueblo espiritual, redimido por la sangre de Cristo, formado como resultado de la obra de la cruz, el triunfo de la resurrección y la venida del Espíritu Santo. La Iglesia no es una organización producida por la habilidad humana, sino un organismo: un cuerpo espiritual en el que todos los creyentes en Cristo Jesús están unidos vitalmente unos con otros y con su Cabeza, que es Cristo.
Después de la confesión de Pedro acerca de Jesús —«Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente»—, el Señor anunció su propósito de edificar su Iglesia. No la edificaría sobre Pedro, todavía débil y fluctuante, sino que estaría compuesta por Pedro y por todas las demás «piedras» que pusieran su confianza en el único Salvador (Mateo 16:16-18; Hechos 4:10-12; Efesios 2:20; 1 Pedro 2:4-10).
Yo te digo que tú eres Pedro. Sobre esta piedra edificaré mi iglesia y las puertas del reino de la muerte no prevalecerán contra ella. Mateo 16:18 NVI
Los santos del Antiguo Testamento tienen su lugar en el reino de Dios y fueron salvados anticipadamente por la obra de la cruz. Sin embargo, como el Señor habló de su propósito en futuro —«edificaré»—, comprendemos que la Iglesia, en el sentido pleno de la palabra, comenzó el día de Pentecostés (Hechos 2).
La plenitud de la verdad acerca de esta nueva y gloriosa obra de Dios no podía revelarse hasta que se cumpliera la obra de la cruz. Aun así, las palabras del Señor contienen indicios que adquirieron un sentido más amplio después de su resurrección.
Este nuevo organismo pertenece a la nueva creación y solo podía formarse después de la muerte y la resurrección del Señor, quien quitó el pecado y venció la muerte. El Espíritu Santo descendió conforme a la promesa del Padre y del Hijo, llenó a los redimidos y los unió en un solo vínculo de vida y poder (Efesios 4:4). Fue una obra única que no necesita repetirse. Desde aquel día, todo creyente, sin distinción de raza o condición social, es bautizado por el Espíritu en un solo cuerpo al creer.
Todos fuimos bautizados por un solo Espíritu para constituir un solo cuerpo —ya seamos judíos o gentiles, esclavos o libres—, y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu. 1 Corintios 12:13 NVI
El libro de los Hechos narra el nacimiento y el desarrollo de la Iglesia en sus primeras etapas. Durante un tiempo, la iglesia local de Jerusalén coincidió, en la práctica, con la Iglesia universal. Después de la persecución dirigida por Saulo comenzó a extenderse y, cuando la puerta de la fe se abrió a los gentiles (Hechos 10), se hizo visible como una Iglesia compuesta por personas salvas de todo pueblo, tribu y nación.
Lucas muestra una organización local sencilla, pero presenta especialmente a la Iglesia como portavoz del evangelio: un pueblo que dio testimonio ante un mundo contrario a Dios con la eficacia y el poder que suministraba el Espíritu Santo.
La doctrina de la Iglesia universal se encuentra en todas las epístolas y en Apocalipsis, pero el «misterio» del nuevo cuerpo formado por creyentes judíos y gentiles sobre la base de la cruz fue revelado de manera especial al apóstol Pablo. Entre sus escritos, Efesios desarrolla ampliamente el tema de la Iglesia universal, así como 1 Corintios se ocupa de muchos aspectos de la iglesia local.
Efesios presenta e ilustra la verdad acerca de la Iglesia mediante cuatro metáforas que amplían las figuras anticipadas en los Evangelios: el edificio, el santuario, el cuerpo y la esposa.
«La ciudad santa, Jerusalén» que desciende del cielo (Apocalipsis 21:10) se identifica con «la esposa del Cordero» (Apocalipsis 21:9). Es una magnífica descripción simbólica de la Iglesia glorificada en el centro de la nueva creación. Todo en ella habla de luz, gloria y perfección. El santuario, que fue lugar de la manifestación de la gloria de Dios en la tierra, llega a ser el foco de su resplandeciente luz en la eternidad (Apocalipsis 21:22-23). Este es el glorioso destino de la Iglesia universal.
La Iglesia universal se hace visible en la tierra por medio de las congregaciones locales. En las Escrituras no encontramos iglesias organizadas bajo una jerarquía nacional o regional que permita a una congregación gobernar a otra. Sí existían fuertes lazos de comunión entre las iglesias de distintas regiones. Cada iglesia local contaba con una organización y una disciplina sencillas, y era autónoma y responsable delante de su Señor.
El ministerio se ejerce principalmente en la iglesia local, aunque Cristo ascendió y dio dones para el beneficio de todo su cuerpo. Efesios 4:11 menciona dones de alcance amplio y permanente. Los apóstoles no tuvieron sucesores, pero su ministerio fundacional permanece especialmente en el canon del Nuevo Testamento, que contiene «la fe encomendada una vez por todas a los santos» (Judas 3). Los profetas comunicaron mensajes directos en los primeros tiempos de la Iglesia; completado el Nuevo Testamento, el ministerio profético consiste especialmente en declarar con fidelidad lo que el Espíritu Santo ya dio en la Palabra. Los evangelistas anuncian el mensaje de vida y fundan iglesias; luego, los pastores las cuidan y los maestros las edifican.
La Iglesia universal no es una organización humana ni un edificio, sino el pueblo que Cristo compró
con su sangre y unió a sí mismo por el Espíritu. Nadie entra a este cuerpo por tradición, cultura o
mérito personal. El evangelio nos llama a reconocer nuestro pecado, arrepentirnos y confiar en Jesús,
quien murió y resucitó para reconciliarnos con Dios. Al creer en Él recibimos perdón y vida eterna, y
somos incorporados a su pueblo para vivir bajo su señorío, en comunión y servicio.
Si querés más información sobre el mensaje del evangelio, podés dirigirte a esta página:
El Evangelio.
Leer el ensayo de Jonathan Leeman publicado en Coalición por el Evangelio: La iglesia: Universal y local.
Repasar las principales figuras bíblicas de la Iglesia en el artículo de Christopher Morgan y Robert A. Peterson publicado en Coalición por el Evangelio: ¿Qué representaciones de la Iglesia hay en la Biblia?.
Profundizar en la doctrina y la misión de la Iglesia con el artículo de Ministerios Ligonier: Iglesia y ministerio.
Considerar las implicaciones de la Iglesia como cuerpo de Cristo leyendo el artículo de Greg Lanier publicado en Ministerios Ligonier: Metáforas corporales para la vida cristiana.