La voluntad de Dios es que sean santificados; que se aparten de la inmoralidad sexual. 1 Tesalonicenses 4:3 NVI
Este estudio es parte del Programa de Discipulado de Comunidad Cristiana Laguna Larga.
Leemos muchas veces en el Antiguo Testamento de personas o cosas que fueron «santificadas», es decir, apartadas para el servicio de Dios. Entre ellas se encontraban los sacerdotes de la familia de Aarón y todos los utensilios del tabernáculo. En el Nuevo Testamento encontramos el verbo griego hagiazo —santificar— con el mismo sentido al hablar del oro que adornaba el templo y de los dones colocados sobre el altar (Mateo 23:17, 19).
Al considerar la santificación del creyente debemos distinguir cuidadosamente dos aspectos:
El apartamiento de los creyentes para Dios «en Cristo» es una parte esencial del gran plan divino. Nuestra santificación descansa en la voluntad y en la obra de Dios, no en un mérito que nosotros podamos presentar (Juan 10:36; 17:19; 1 Corintios 1:30; 6:11; 2 Tesalonicenses 2:13; 1 Pedro 1:2).
Y en virtud de esa voluntad somos santificados mediante el sacrificio del cuerpo de Jesucristo, ofrecido una vez y para siempre. Hebreos 10:10 NVI
El pasaje central sobre la santificación se encuentra en Romanos 6–8. Ante la pregunta «¿Persistiremos en el pecado, para que la gracia abunde?», el apóstol Pablo responde: «¡De ninguna manera! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él?» (Romanos 6:1-2 NVI).
Luego apela a la figura del bautismo cristiano para demostrar que los creyentes, en el acto inicial de su profesión cristiana, expresaron su identificación con la muerte y la resurrección de Cristo y, por consiguiente, su separación del pecado para vivir para Dios. La misma verdad se enseña en Colosenses 2:11-13 y 3:1-4.
Por tanto, mediante el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, a fin de que, así como Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva. Romanos 6:4 NVI
Nuestra santificación práctica también es la voluntad de Dios (1 Tesalonicenses 4:3-4), quien quiere que seamos en la vida diaria lo que ya somos en Cristo. El apóstol Pedro recuerda a los creyentes lo que está escrito en la Palabra de Dios:
Más bien, sean ustedes santos en todo lo que hagan, como también es santo quien los llamó; pues está escrito: «Sean santos, porque yo soy santo». 1 Pedro 1:15-16 NVI
La santificación práctica se efectúa al apropiarnos por la fe de lo que Dios ya realizó en Cristo mediante la cruz y la resurrección. El hecho depende de la obra de Cristo, pero nosotros debemos tomarlo en cuenta cuando nuestra naturaleza pecaminosa nos solicita al mal. Entonces podemos decir: «Estoy muerto a aquello que reconozco como propio de mi vieja manera de vivir; por lo tanto, escogeré el camino de la voluntad de Dios en el poder de la vida de resurrección».
De la misma manera, también ustedes considérense muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús. Romanos 6:11 NVI
El poder para la santificación práctica se encuentra en la persona del Espíritu Santo, quien nos libra de la ley del pecado y de la muerte (Romanos 8:2; Gálatas 5:22-25; Efesios 3:14-21). El creyente «carnal» no ha comprendido plenamente la relación de la cruz y la resurrección con la victoria sobre el pecado y, por ello, no se ha apropiado por la fe de su posición como muerto al pecado y vivo para Dios. El Espíritu Santo, entristecido, no puede realizar toda su obra en quien anda conforme a la carne y no conforme al Espíritu.
Además de lo ya señalado, podemos considerar los siguientes medios:
Pablo deduce la doctrina de la santificación del hecho de nuestra unión con Cristo en su muerte y resurrección. El apóstol Juan, por su parte, se fija en la nueva naturaleza del hijo de Dios, engendrada en el creyente por el Padre mediante la vivificación de la semilla de la Palabra por el Espíritu Santo. Esta nueva naturaleza, por ser de Dios, no practica el pecado. Nuestra dignidad de hijos exige la justicia práctica y el amor hacia los hermanos (1 Juan 2:29; 3:6-9; 4:7; 5:4, 18).
El Nuevo Testamento revela que todos los creyentes daremos cuenta de los actos de nuestra vida cristiana ante el tribunal de Cristo. En virtud de esta verdad solemne, Pablo exhorta a los creyentes para que sus corazones sean afirmados y sean irreprensibles en santidad delante de Dios cuando venga nuestro Señor Jesús (1 Tesalonicenses 3:13; véanse también Filipenses 1:6-10; 1 Tesalonicenses 5:23; 1 Juan 4:16-17).
Porque es necesario que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba lo que le corresponda, según lo bueno o malo que haya hecho mientras vivió en el cuerpo. 2 Corintios 5:10 NVI
Todo disfraz será quitado y el fingimiento resultará imposible en aquel día, porque estaremos bajo la mirada escrutadora del Maestro de nuestro servicio. El santo temor que produce este pensamiento es un poderoso estímulo para la vida de santidad práctica. También lo es la promesa de la venida del Señor:
Todo el que tiene esta esperanza en Cristo se purifica a sí mismo, así como él es puro. 1 Juan 3:3 NVI
La santificación no es un camino para ganar el favor de Dios, sino el fruto de haber sido unidos a
Cristo por gracia. Jesús murió y resucitó para perdonar a pecadores, apartarlos para Dios y darles una
vida nueva por medio del Espíritu Santo. Hoy te invitamos a reconocer tu pecado, arrepentirte y confiar
en Cristo. En él podés recibir perdón, una nueva identidad y el poder para comenzar una vida dedicada
a Dios.
Si querés más información sobre el mensaje del evangelio, podés dirigirte a esta página:
El Evangelio.
Ver el siguiente video sobre la santificación:
Ver el siguiente video para profundizar en la santificación:
Leer el artículo de Emanuel Elizondo que se encuentra en el sitio web Coalición por el Evangelio: Todos los cristianos son santos.
Profundizar en la dimensión práctica de esta doctrina con el artículo de Matt Chandler y Michael Snetzer que se encuentra en el sitio web Coalición por el Evangelio: ¿Cómo funciona la santificación?.