Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis. Juan 14:3 RVR60
Este estudio es parte del Programa de Discipulado de Comunidad Cristiana Laguna Larga.
Las profecías no cumplidas de las Escrituras pertenecen a la escatología, es decir, a las enseñanzas sobre «las últimas cosas». La segunda venida personal de Cristo es una doctrina fundamental. Él mismo prometió: «Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo»; y los ángeles anunciaron a los apóstoles que el mismo Jesús que había sido llevado al cielo volvería de la misma manera en que lo habían visto partir (Hechos 1:11). Las enseñanzas de 1 Tesalonicenses 4:13-18 confirman que esta promesa no se refiere meramente a la muerte del creyente, sino al regreso real del Señor.
Debe reconocerse una diferencia entre los hechos ya consumados de la redención y los acontecimientos anunciados para el futuro. La profecía no fue dada para satisfacer una curiosidad impropia ni permite dogmatismos inflexibles en cada detalle. Las profecías del Antiguo Testamento acerca de la muerte del Mesías se cumplieron literalmente, pero los discípulos no las entendieron plenamente antes de la resurrección. Del mismo modo, parte de lo futuro permanece en penumbra. La profecía busca orientar al creyente en un mundo que se aparta de Dios y animarlo a velar y orar. Es como «una antorcha que alumbra en lugar oscuro» (2 Pedro 1:19): nos ayuda a no tropezar y a mantener la mirada en la consumación.
Entre creyentes fieles existen distintas escuelas de interpretación profética. Por eso debemos evitar un dogmatismo excesivo y no tratar como hereje a quien difiere en estos asuntos, siempre que afirme la verdad bíblica sobre la persona y la obra de Cristo. El esquema que sigue se presenta con humildad como la interpretación que mejor armoniza el conjunto de la enseñanza bíblica, sin pretender que cada detalle sea indiscutible.
Los profetas anuncian una época de gloria para Israel después de un largo período de disciplina por sus pecados. Esa restauración se vincula con la manifestación del Mesías y la inauguración de un reino de paz y justicia (Isaías 2:1-4, 10; 11:1-11; 40:9-11).
Daniel interpreta la visión de la gran imagen como una sucesión de imperios gentiles que se extiende desde la toma de Jerusalén por Nabucodonosor hasta la intervención final de Dios (Daniel 2:29-45). Más adelante recibe la profecía de las setenta semanas acerca de Israel: desde el decreto para restaurar Jerusalén hasta la muerte del Mesías transcurren sesenta y nueve semanas, y queda una semana relacionada con la consumación de los propósitos de Dios para Israel y el mundo (Daniel 9:24-27).
El Señor habló de su venida y de la consumación desde dos perspectivas:
Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. Mateo 24:30 RVR60
Las epístolas contienen numerosas referencias a la venida del Señor y subrayan el efecto moral que esta esperanza debe producir en el creyente: «Todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro» (1 Juan 3:3).
En 1 Corintios 15:51-57, 1 Tesalonicenses 4:13-18 y 5:1-11, y 2 Tesalonicenses 1:7-12 aparecen los dos aspectos ya anticipados por Jesús. Primero, el recogimiento de la Iglesia: los creyentes que murieron resucitarán y, junto con los creyentes vivos transformados, irán al encuentro del Señor en el aire. Segundo, la venida en gloria para juzgar al mundo impío, que estará precedida por la manifestación del anticristo, culminación del «misterio de la iniquidad» (Apocalipsis 1:7; 2 Tesalonicenses 2:1-4).
Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. 1 Tesalonicenses 4:16-17 RVR60
Los tres primeros capítulos de Apocalipsis sirven de introducción; las cartas a las siete iglesias muestran diversas condiciones del testimonio de la Iglesia hasta la venida de Cristo. Los capítulos 4 y 5 presentan al Cordero de Dios tomando el libro de los destinos finales de las naciones. Desde el capítulo 6, los sellos, las trompetas y las copas describen los acontecimientos de la consumación, relacionados con la última semana de Daniel. Varias secciones explican con mayor detalle el surgimiento y el gobierno del anticristo.
Este período de angustia termina con la aparición gloriosa de Cristo y la derrota de las naciones enemigas en Armagedón. Luego viene el período de los «mil años», correspondiente al reino de paz y bendición anunciado por los profetas. Este milenio puede comprenderse desde tres aspectos:
El nuevo orden será la consumación de los propósitos de Dios para la creación y para la humanidad. Los redimidos alcanzarán la perfección que Cristo les aseguró por su muerte y resurrección; Dios habitará con los hombres y la Iglesia glorificada aparece simbolizada por la ciudad que desciende del cielo (Apocalipsis 19-21).
La Escritura permite distinguir dos aspectos de la venida: uno relacionado con la Iglesia, cuerpo y esposa de Cristo, y otro relacionado con Israel y el mundo. Es razonable entender que el período de la Iglesia se cierra con su recogimiento, descrito en 1 Tesalonicenses 4 y 1 Corintios 15. Entonces la profecía vuelve a enfocarse en Israel, restaurado a su tierra todavía en incredulidad.
De acuerdo con este esquema, la última semana de Daniel comprende la tribulación, la manifestación del anticristo y el surgimiento de «Babilonia» como sistema de falsa religión. El anticristo y todos los elementos de su sistema serán finalmente destruidos por la manifestación gloriosa del Señor.
Algunos estudiantes de la profecía creen que la Iglesia atravesará este período y que el recogimiento de los santos coincidirá con la venida para juzgar al mundo. Aunque esa interpretación no debe rechazarse con hostilidad, la esperanza de que Cristo venga por los suyos antes de los acontecimientos de la última semana parece ajustarse mejor al conjunto de la enseñanza bíblica.
Los creyentes no comparecerán ante el gran trono blanco de Apocalipsis 20:11-15, que es el juicio de quienes mueren en sus pecados sin haber recibido a Cristo. Para los que están en Cristo no hay condenación (Romanos 8:1). Sin embargo, todos los cristianos rendirán cuentas a su Maestro por la fidelidad con que administraron lo recibido de él.
Este principio se enseña especialmente en 2 Corintios 5:9-10; Romanos 14:7-12; 1 Corintios 3:10-15 y 4:1-5. El «día de Cristo» es el momento en que se manifestará la calidad del servicio de los redimidos y se determinará su recompensa. Debe distinguirse del «día del Señor», expresión relacionada con el juicio del mundo y el establecimiento del Reino.
Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo. 2 Corintios 5:10 RVR60
Según el orden expuesto, el tribunal de Cristo tendrá lugar entre el recogimiento de la Iglesia y la venida en gloria, durante la parousía o presencia del Señor con los suyos. En ese período también se celebrarán las bodas del Cordero, antes de la manifestación descrita en Apocalipsis 19:11-19.
Los discípulos preguntaron por la señal de la venida de Cristo y del fin del siglo (Mateo 24:3). Jesús no los reprendió, pero las señales del sermón profético describen principalmente las características generales del período de su ausencia. Además, queda prohibido intentar fijar «el día y la hora», que el Padre reservó a su autoridad (Mateo 24:36; Hechos 1:7).
El capítulo destaca cuatro hechos que apuntan hacia la consumación:
Estas observaciones no autorizan a poner fechas. El llamado de Cristo permanece: «Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor» (Mateo 24:42).
El destino humano es la dimensión de la escatología que nos toca más de cerca. El propósito original de Dios fue crear al hombre a su imagen y semejanza y darle autoridad sobre la creación (Génesis 1:26). Entre las criaturas terrenales, el hombre podía tener comunión con Dios porque recibió personalidad, cualidades morales y voluntad. Aunque la rebelión humana pareció frustrar ese propósito, el plan de Dios no puede ser anulado por el diablo ni por la caída.
Por la encarnación vino al mundo el Hombre celestial, en quien Dios se complació y quien, como Hijo del Hombre, cumplió el destino de la humanidad (Salmo 8; Hebreos 2:6-9). Al asumir en su persona la responsabilidad legal y moral del hombre y realizar la expiación, Cristo hizo posible que el pecador fuera reconciliado con Dios mediante el arrepentimiento y la fe, y que fuera renovado conforme a la imagen de su Creador (Colosenses 3:10).
El propósito de Dios se cumple en quienes están unidos a Cristo por la fe: serán hechos conformes a la imagen de su Hijo (Romanos 8:29). En la venida del Señor, la resurrección dará a los creyentes un cuerpo espiritual y glorificado, perfectamente adecuado para la vida eterna (1 Corintios 15:42-54; Filipenses 3:20-21; Colosenses 3:4; 1 Juan 3:2).
Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial. 1 Corintios 15:49 RVR60
En el estado eterno, la personalidad humana alcanzará su perfección a semejanza de Cristo sin perder su carácter distintivo. Los redimidos contemplarán a Dios en Cristo y su voluntad gobernará toda la vida. No será una existencia pasiva: «sus siervos le servirán» (Apocalipsis 22:3). Habrá servicio sin cansancio ni limitación, y la responsabilidad confiada a cada uno guardará relación con la fidelidad demostrada en esta vida (Mateo 25:21; Lucas 19:16-17).
Frente al destino glorioso de los redimidos está la solemne realidad del juicio: quien no se encuentre inscrito en el libro de la vida será lanzado al lago de fuego (Apocalipsis 20:15). Dios ofreció vida a un mundo muerto por el pecado, y esa vida está en su Hijo. Quien rechaza a Cristo permanece en muerte espiritual y separado de Dios. La sentencia será justa y conforme a las obras de cada persona, considerando también la luz y las oportunidades que haya rechazado.
La segunda venida de Cristo es una esperanza cierta para quienes le pertenecen y una advertencia solemne
para quienes todavía viven lejos de Dios. Jesús volverá como Rey y Juez; por eso, el momento de responder a
su gracia es hoy. Reconocé tu pecado, arrepentite y confiá en Jesucristo, quien murió y resucitó para dar
perdón y vida eterna a todo el que cree. En él podés esperar su regreso con gozo, seguridad y una vida
dedicada a servirle.
Si querés más información sobre el mensaje del evangelio, podés dirigirte a esta página:
El Evangelio.
Leer el artículo de Emanuel Elizondo publicado por Coalición por el Evangelio, que explica la base histórica del premilenialismo, sus distintas corrientes y la necesidad de tratar el tema con humildad: El premilenialismo: 3 mitos y verdades.
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Profundizar en las diferencias entre el premilenialismo histórico y el dispensacional, y en las razones por las que ambos sitúan el regreso de Cristo antes del reino milenial: ¿Qué es el milenio del Apocalipsis?.